viernes, 5 de julio de 2019

Viejo amigo Cicerón

de Ernesto Caballero. Dirección: Mario Gas.
una coproducción de Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Teatre Romea de Barcelona.
con José María Pou, Bernat Quintana y Miranda Gas.

5 de julio de 2019. Teatro Romano. 65º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. 70’ aprox.

6 de septiembre de 2019. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 70’ aprox.

Un joven se ha quedado dormido en una biblioteca. Allí investiga con una amiga sobre la vida de Cicerón. Un hombre le despierta y habla con los dos sobre aquel personaje. También se llama Marco Tulio y los trata como si fueran su secretario Tirón y su querida hija Tulia.

Hay tres cosas que no me gustan de algunas de las obras que veo en Mérida. Los escenarios acomplejados que obvian este marco incomparable, los textos edificantes que se empeñan en subrayar la actualidad de los temas y esas bufonadas que tienen como único fin la risa del público y como medio principal los resortes más tópicos. Tratándose de Ernesto Caballero y de Mario Gas no había ningún riesgo de esto último, pero el personaje objeto de estudio (como dice el chico que investiga) se prestaba a lo segundo y la segura larga gira que seguirá a estas funciones propiciaba un escenario de notoria portabilidad. Sin embargo, aunque esta biblioteca será muy pertinente en otros teatros, el espacio escénico elegido por Mario Gas dialoga muy bien con estas piedras milenarias gracias a ese arco central que se hace uno con el punto de fuga presidido por Ceres y a esa grada especular que de algún modo recuerda a la del Sócrates de hace cuatro años. En cuanto a la actualización de la historia (que no del mensaje) está bien planteada con esos chicos que bien pudieran estar preparando sus TFG y con ese hombre maduro que dice llamarse Cicerón y se define como intérprete (¿hermenéuta? ¿traductor? ¿actor? -así de maravillosa es nuestra lengua-). En lo que tampoco cae Ernesto Caballero es en la tentación de buscar analogías precisas con la política actual en las actitudes de Julio César,  Marco Antonio, Octavio, Catilina o Bruto o en las de un Cicerón siempre lúcido y, precisamente por eso, no exento de contradicciones. Así que ha sido muy grato este repaso bien pedagógico sobre la vida de Cicerón al que Ernesto Caballero y Mario Gas han sabido dar una continuidad y una ambigüedad perfecta entre los momentos en que vemos a un padre, una hija y un esclavo romanos y aquellos otros en los que son tres seres que comparten aficiones históricas y filosóficas en una biblioteca contemporánea y que después se irán a cenar con alguien que llama al móvil de José María Pou (¿un guiño irónico al comienzo de Sócrates en forma de nueva rotura, ahora virtual, de la cuarta pared?). Era evidente que él iba a estar perfecto tanto en el papel del Cicerón histórico como en el de su intérprete actual, pero da gusto verlo encarnando aquí a estas figuras tan poderosas que, sin túnicas ni togas, también le van muy bien. Y ha sido una grata sorpresa el buen hacer de Bernat Quintana y de Miranda Gas que han estado muy bien esta noche y que tienen, entre otros momentos destacados, ese fenomenal diálogo del comienzo de la obra en el que discrepan sobre la legitimidad de la leyes y la esencia de la democracia. Ella está además sobresaliente en el papel, a veces real y a veces onírico, de una Tulia que bien podría haber tenido una relación así de tierna con aquel viejo amigo Cicerón. Por lo demás, la delicia de la noche se prolongó a la mañana siguiente con la presencia en el programa de la Pepa (la vimos encantada a la salida de la obra) de estos dos maestros del teatro y la palabra que son Mario Gas y José María Pou. Fue un gusto escucharlos en el Museo de Mérida en la entrevista en directo que ella les hizo para No es un día cualquiera y también fue un gusto poder saludarlos después. 

sábado, 22 de junio de 2019

gris/mar

de José Padilla a partir de la pastora Marcela del Quijote. Dirección: Ion Iraizoz y Mikele Urroz.
Producción: La Caja
con Ion Iraizoz y Mikele Urroz.

22 de junio de 2019. Centro Niemeyer (Club), Avilés. 65’ aprox. Ciclo Off-Niemeyer.


El vecino de Mar es Gris. Ella le llama así aunque su nombre es Grisóstomo, como aquel personaje que agobiaba a Marcela, la pastora del Quijote. Gris es un pelma enamorado de Mar que cree que porque la quiere muchísimo ella debería tenerlo en cuenta. Para conseguirlo la asedia en su casa mientras Mar intenta secar un traje que él le había mojado en el tendal. O la sigue hasta Miami después de que ella se mude allí para huir de este tipo que no la deja en paz.

¿Hay acoso de baja intensidad? La simpatía que puede despertar este tipo tan pesado y tontorrón puede llevar a pensar que sí. Sin embargo, Cervantes ya nos advirtió frente a eso con la historia de la pastorcilla Marcela que oportunamente se cita en el programa de mano: "Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable: más no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama". Gris/mar se hace muy interesante por el tono de comedia que se da a los encuentros entre el pretendiente y la asediada y por los oportunos monólogos de él (en modo profesor de literatura) y de ella (en ese discurso final tan oportuno ahora que el Supremo ha rectificado la sentencia sobre La Manada que inspiró la aleccionadora y magnífica Jauría teatral que se estrenó en el Palacio Valdés). El texto de José Padilla es ágil e intencionado y las interpretaciones de Ion Araizoz y Mikele Urroz son estupendas. De hecho, han conseguido ponerme de los nervios con esos gestos y esa forma de hablar en treintañés que quizá hacen más probables conductas como el acoso pseudoeducado que él practica y actitudes como la paciencia infinita con que ella lo soporta.

viernes, 21 de junio de 2019

Peggy Pickit ve el rostro de Dios

de Roland Schimmelpfennig. Versión en castellano: Albert Tola. Dirección: Jorge Sánchez. 
un proyecto de La Cantera
con Mireia Gubianas, Toni Vives, Marc Pujol y Marta Cuenca.


21 de junio de 2019. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 60’ aprox. Estreno absoluto.

Martin y Carol son una pareja de médicos que vuelven de África después de pasar seis años como cooperantes. Sus amigos Liz y Frank han llevado en ese tiempo una vida bastante convencional con niña, casa y garaje. Será una noche de reencuentro en la que todos terminarán dañados.

El diálogo fluye con palabras y gestos aparentemente cálidos pero las frases están entreveradas con las valoraciones retrospectivas que los cuatro van haciendo sobre lo que les está pasando. Así que todo sucede en un tiempo real extrañamente dislocado que mezcla frases hechas, pensamientos ásperos y palabras rebobinadas. En escena solo están los cuatro pero la presencia en fuera de campo de la niña africana que Martin y Carol no han traído a Europa y de la hija que Liz y Frank tienen en casa de unos vecinos es tan intensa como la de esa muñeca africana de madera que sí ha venido y esa Peggy Pickit sintética que la estaba esperando. Los estridentes corchos del champán que ellos abren y las sonoras bofetadas que ellas intercambian tienen un inquietante contrapunto en el sonido chirriante del celo con que al final las dos intentan reparar sus muñecas rotas mientras Frank insiste en no considerarse culpable de nada.  El complejo y sugerente texto de Roland Schimmelpfennig resulta bastante exigente para estos cuatro actores que están impecablemente sincronizados en esta noche de estreno. También es oportuna la gelidez de la puesta en escena de Jorge Sánchez que resulta bastante adecuada para este ajuste de cuentas entre quienes decidieron cooperar en África y fracasaron y quienes llevaron vidas convencionales y ahora se sienten culpables. En todo caso, creo que para entender bien la propuesta de Schimmelpfennig habría que conocer mejor la percepción que en Alemania se tiene de un conflicto ético que aquí quizá no percibamos de forma tan acuciante.

viernes, 14 de junio de 2019

Todas las mujeres

texto original: Mariano Barroso y Alejandro Hernández. Dirección y adaptación: Daniel Veronese. 
una producción Producciones[off] y Vania
con Fele Martínez, Lola Casamayor, Lucía Barrado, Nuria González, Mónica Regueiro y Ana Álvarez. 


14 de junio de 2019. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 90’ aprox.

Nacho le ha robado a su suegro cinco novillos cinco para venderlos en Portugal y huir con su amante a Brasil. La cosa no sale bien, así que mientras se resuelve el asunto recibe en su casa de campo a cinco mujeres cinco: su amante, su madre, su exnovia, su cuñada y su psicóloga.

El jetilla y sus mujeres. Ese título le iría mejor a lo visto en el escenario y a lo que muestra el cartel. De hecho, él hace aquí de astro rey y ellas de satélites. Vaya por delante que la obra tiene la agilidad y la frescura que cabe esperar de Veronese y que no hay nada que reprochar a un elenco bien afinado. Hasta aquí lo que puedo decir en positivo. Yo no vi la serie ni la película en la que se inspira pero, salvo lo dicho, no veo nada bueno en esta obra. Ni en su ética ni en su estética. Como propuesta teatral no le encuentro sustancia y como divertimento para pasar el rato casi me molesta. En efecto, no me agrada el protagonismo de ese tipo cuyo mayor mérito es que algunas mujeres orbiten en torno a él. Lo hace la amante tentadora de la que él luego reniega ante las otras. Lo hace la exnovia abogada que sufre de nuevo al volver a verle. También lo hace esa madre nutricia (aquí con chequera) cuya vida sexual es administrada por el muchacho. Incluso esa psicóloga que, aunque estirada, no tiene la ironía y el poderío propios de los psicólogos masculinos (sean veteranos o argentinos). Y también orbita en torno al jetilla esa cuñada que sintoniza más con él que con su padre o con su hermana a pesar de que a aquel le quitó los novillos y a esta le puso los cuernos. Estos dos últimos quedan en fuera de campo. La esposa ni siquiera le da pena al protagonista pero el suegro (otro hombre) sí le da bastante miedo. Seguramente porque tiene pinta de ser un macho ibérico imponente del que se dice que aprecia más a sus vacas que a sus propias hijas. Imagino que a quienes el discurso feminista les parece cosa de puritanas y ofendiditos la obra les habrá encantado (Lucía Lijtmaer dice cosas interesantes sobre todo esto en el libro que acaba de publicar en Anagrama). Pero esta noche también se ha reído bastante buena parte del público que seguramente no habrá votado a Vox. Es lo que tiene el machismo tácito y bobalicón, que parece tan inofensivo como el de Arturo Fernández. El título de la obra puede ser irónico pero no engaña. Y es aún más insultante con el artículo que sustituye al posesivo. De eso va la cosa.

viernes, 7 de junio de 2019

La resistencia

de Lucía Carballal. Dirección: Israel Elejalde.
una coproducción de Buxman Producciones y Teatros del Canal.
con Mar Sodupe y Francesc Garrido.

7 de junio de 2019. Centro Niemeyer, Avilés. 80’ aprox.

Mónica está a punto de irse a vivir con David. Los dos son escritores, pero él tiene más éxito que ella. David quiere conocer la opinión de Mónica sobre su última novela, una historia de amor entre un profesor y su alumna. Ese es el detonante de una revisión sobre la manera en que los dos se sitúan ante sus carreras literarias y ante su relación. Será una intensa confrontación nocturna en el restaurante que ella está a punto de vender para dedicarse solo a escribir.

La resistencia necesaria para poder escribir y para poder amar. Eso es lo que se evalúa en este intensísimo y brillante diálogo entre dos escritores asimétricos por su edad y por el lugar que ocupan en esa relación amorosa que están a punto de consolidar o de destruir. De la complejidad que caracterizaba a aquel crisol fascinante de personalidades familiares que era Una vida americana, Lucía Carballal ha pasado a centrarse en esta pareja literaria que reflexiona sobre las aristas del amor, de la admiración, de la escritura y de la inspiración. Con un texto magnífico en el que la profesión de los personajes multiplica las capas de sus desencuentros, Mar Sodupe y Francesc Garrido (ambos conjuntadísimos y soberbios) consiguen modular de maravilla el intercambio de fortalezas y debilidades en que consiste este diálogo íntimo en el que las asperezas tácitas no son menores que las expresas. La resistencia me ha recordado, para bien, a la magnífica A cielo abierto de David Hare. De hecho, he encontrado algún parentesco entre la fuerza que aportan a sus personajes unos actores tan singulares y con tanto carácter como José María Pou y Francesc Garrido y unas actrices que tanto bien les hacen a los suyos como Nathalie Poza y Mar Sodupe. Creo que ese recuerdo también le debe mucho a la magnífica puesta en escena de Israel Elejalde que está contenidísimo en la oportuna definición de espacios (también los de la casa evocada) y afinadísimo en la definición de las distancias entre los intérpretes. Así que un texto sugerente y equilibrado, una dirección sobria e impecable y un trabajo interpretativo armónico y poderoso hacen de La resistencia una obra imprescindible en nuestro panorama teatral.

viernes, 17 de mayo de 2019

¿Quién es el señor Schmitt?

de Sébastien Thiéry. Versión y dirección: Sergio Peris-Mencheta.
una producción de Barco Pirata Producciones Teatrales.
con Javier Gutiérrez, Cristina Castaño, Xabier Murua, Quique Fernández y Armando Buika.

17 de mayo de 2019. Centro Niemeyer, Avilés. 90’ aprox.

Cuando el matrimonio Carnero se dispone a cenar suena un teléfono, pero ellos no tienen teléfono. Al otro lado de la línea alguien pregunta por el señor Schmitt, pero él no es el señor Schmitt. Algo raro está pasando en su casa porque algunos cuadros han cambiado, en la estantería hay libros que no son suyos y en el armario hay ropa que tampoco es de él. Extraños en su propia casa deciden salir de ella, pero su llave no abre la cerradura. Un policía y un psiquiatra vienen una y otra vez para averiguar quiénes son ellos. También viene el hijo negro del Señor Schmitt. Así que quizá, aunque no lo sepa, él sea el señor Schmitt.

Jardiel y Buñuel podrían haber inspirado a Sébastien Thiéry. El resultado apunta a Ionesco pero al escorar hacia el thriller, el absurdo se modera. Y es una lástima porque, además de la excelente sintonía y compenetración entre los actores y de la estupenda versión y oportuna puesta en escena de Peris-Mencheta, esas derivas por territorios próximos al mundo de Ionesco es lo que más me ha interesado de una obra que al público le ha hecho muchísima gracia (quizá porque ha querido encontrar el registro cómico propio del Javier Gutiérrez televisivo o porque le ha parecido muy divertida la curiosa pareja que él hace con Cristina Castaño). Lo cierto es que tantas risas a mi alrededor me han distanciado un poco de una historia en la que me gustaban más las maneras surrealistas que las gracietas que otros han querido ver en las cuitas de este matrimonio extraño que entró en el pánico más radical: el del extrañamiento.  

sábado, 11 de mayo de 2019

El hambre

de Renato Gabrielli. Dirección: Ignasi Vidal.
Producción de Jeloudoli
con Juanma Lara y Roberta Pasquinucci.

11 de mayo de 2019. Centro Niemeyer (Club), Avilés. 75’ aprox. Ciclo Off-Niemeyer.


Un hombre entra en un bar en el que tiene una cita con una mujer que no conoce. Ella es una hermosa joven de extrema izquierda que parece estar al tanto de su secreto. Él no acepta su ofrecimiento porque lo considera morboso y en su hobby ya no quiere más mujeres. Ella insiste y cambia de rol en el juego ofreciéndole el cuerpo de ese camarero fascista que durante la conversación le ha estado sirviendo cócteles y aperitivos.

El hambre comienza y termina con la cabeza iluminada del hombre compartiendo con nosotros un soliloquio perturbador sobre lo que está dentro y lo que está fuera, sobre la realidad y la ilusión y quizá también sobre el hambre y el amor. En medio, un prodigio de texto, de dirección y de interpretación entre dos personajes que se encuentran para compartir (u ocultar) una intensa pasión. Aquí se habla del hambre y del deseo, del radicalismo (gastronómico o político) y de la elegancia con que se debe desarrollar cualquier pasión. Por eso ella desprecia a ese camarero que no vemos aunque está de cuerpo presente. Por eso él oculta lo que está más allá de sus libros de filología románica. La compenetración entre Juanma Lara y Roberta Pasquinucci es tan perfecta que parece imposible que esta sea una noche de estreno. Así consiguen que los requiebros entre sus personajes (ella como admiradora activa que se ofrece al caníbal, él como hombre tímido que se resiste al asedio) oscilen en un registro impecable entre el morbo (más sexual que alimenticio) y el humor (bien entendido por un público que ha sabido disfrutarlo). El texto de Renato Gabriella es una joya inclasificable que consigue que esta historia inaudita sea aún más perturbadora encapsulada entre esos pensamientos que en el prólogo y el epílogo subrayan la ilusión, en el polisémico sentido de la palabra. La dirección de Ignasi Vidal es tan perfecta que consigue hacernos disfrutar lo indecible con la sencillez aparente de la complicadísima forma en que sus personajes glosan para nosotros sus acciones y nos van comentando sus pensamientos en un prodigio de ajuste entre dos actores conjuntadísimos. A Ignasi Vidal tenemos la fortuna de conocerlo bien Avilés en sus facetas de autor, director y actor (Dignidad, El plan, El cíclope y otras rarezas del amor). De hecho, este es su segundo estreno en el Niemeyer y una vez más comprobamos que es uno de los más grandes del nuevo teatro español. Un autor y director de historias que nunca son obvias y en las que lo irónico, lo hiperrealista, lo sórdido y lo poético se conjugan de una manera singularísima y cautivadora que nunca deja indemne al espectador y que siempre exije lo máximo de sus actores. Pero es que Ignasi ofrece siempre verdadero teatro. Por eso nos gusta tanto lo que hace.

viernes, 10 de mayo de 2019

Moby Dick

texto de Juan Cabestany basado en la novela de Herman Melville. Dirección: Andrés Lima. 
Producción de Focus
con José María Pou, Jacob Torres y Oscar Kapoya
 
10 de mayo de 2019. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 80’ aprox.

El capitan Ahab se embarca de nuevo para ajustar cuentas con su contrincante de los mares. La obsesión por encontrar y dar muerte a Moby Dick preside un viaje que no tendrá nada de iniciático pero sí de existencial. El capitán sueña una y otra vez con su muerte. Y al final la podrá mirar de frente en el ojo de la gran ballena blanca.

Por este escenario han pasado dos cojos memorables: el Ricardo III de Kevin Spacey y este Ahab que nos trae José María Pou. Hace año y medio nos hablaba de este proyecto en aquella tarde inolvidable en que conversando con él y con Mario Gas celebrabamos los veinticinco años de la recuperación de este teatro. Ahora está a punto de dejar su periplo escénico con esta exigente ballena y prepararse para convertirse pronto en el Cicerón que estrenará, otra vez con Mario Gas, en el festival de Mérida. La puesta en escena de Andrés Lima es espectacular y nos hace sentir el mareo de estar dentro del barco en medio de una tormenta o ser casi engullidos por la ballena en el tramo final. También es muy meritorio el trabajo de Juan Cavestany al convertir en texto teatral una historia que en la novela tiene más de setecientas páginas. El drama existencial del capitan Ahab y el horizonte especular y monoteista de ese ojo inmenso con mirada humana que Andrés Lima pone al cetáceo consiguen hacer rotunda una historia que, sin embargo, no llega a conmoverme. Quizá el peso del Moby Dick juvenil y el rechazo que me produce pensar en aquella industria que hace siglo y medio hacía de la grasa de las ballenas combustible para el alumbrado, hacen que no me emocione esta reivindicación de una subjetividad heróica que José María Pou encarna en un registro intensísimo (que aquí es casi un monólogo) muy bien acompañado por Jacob Torres y Oscar Kapoya. Entre sus trabajos recientes me quedo con otros más contenidos como el Sócrates que vimos en Mérida, en el que le acompañaba el gran Carles Canut, o el magnífico Edward que interpretó espléndidamente en aquel conmovedor A cielo abierto de David Hare que él también tradujo y dirigió. Ya tengo ganas de verlo interpretando a Cicerón, un personaje que seguramente le irá muy bien a este magnífico actor que es también un tipo estupendo del que no me pierdo sus artículos semanales en El Periódico y con el que coincido en muchas cosas. Sin ir más lejos, en su opinión sobre el último libro de Marcos Ordóñez (Una cierta edad).

miércoles, 8 de mayo de 2019

Dados

Autor y director: José Padilla. 
Una producción del Ventrículo Veloz
con Almudena Puyo y Juan Blanco
 

8 de mayo de 2019. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 55’ aprox.

Un chico entra de repente en la tienda desde la que otro graba y difunde programas sobre juegos de rol. Los dos son muy diferentes pero también tienen muchas cosas en común. De hecho, X e Y (o Lourdes y Luis) son la misma persona hablándose desde distintas edades.

Hace unas semanas llevamos a medio instituto al Palacio Valdés a ver Playoff dentro de esa estupenda iniciativa municipal que es Aulas a Escena. Hoy ha ido el otro medio para asistir a este intenso diálogo entre dos tiempos (y dos géneros) de la misma persona. Dados tiene muchos más matices que los derivados de su nítida defensa de la diversidad LGBTI. Y Juan Blanco y Almudena Puyo consiguen mostrarlos en este pugilato que en cierto modo también es un monólogo a dos voces desde distintas edades. Como otras veces, después de la obra hubo un interesante coloquio que seguramente dio aún más que pensar a los cientos de adolescentes que esta mañana han disfrutado de buen teatro en el mejor lugar.

sábado, 27 de abril de 2019

Intensamente azules

Texto y dirección: Juan Mayorga.
una producción de Entrecajas Producciones Teatrales.
con César Sarachu.
 

27 de abril de 2019. Centro Niemeyer (Club), Avilés. 75’ aprox. Ciclo Off-Niemeyer

Una mañana descubre que se le han roto las gafas. Como sus hijos le habían regalado unas de bucear graduadas, decide ponérselas y salir con ellas a la calle. Algunos le miran raro pero él lo ve todo distinto y entiende muchas cosas. Hasta El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer. Con esas gafas va a alguna recepción en el Palacio Real y tiene extraños encuentros con el Rey. También se ve con profesores de instituto algo raros que llevan gafas de bucear de colores y conspiran en un bar llamado El número i. En casa, la vida con su mujer y con sus hijos también resulta distinta desde que todo lo ve con esas gafas intensamente azules.

En aquel encuentro de diciembre de 2017 con Ernesto Caballero que moderó Saúl Fernández en el Palacio Valdés, Juan Mayorga ya nos habló de unas gafas intensamente azules que quería convertir en pieza teatral. Fue pocos días después de aquel otro díptico lleno de emoción en el que, como ahora, vimos en dos días consecutivos El cartógrafo y Himmelweg. La coherencia trágica de aquellas dos obras es simétrica a la coherencia hilarante de este nuevo díptico que componen El mago que vimos ayer y esta Intensamente azules de hoy. Eso sí, las cuatro obras son textos extraordinarios y propuestas escénicas de altísimo calado reflexivo. Cuando hace unos días leía el texto de Intensamente azules me parecía indudable que Juan Mayorga lo había escrito pensando en César Sarachu (de hecho, lo sigue haciendo: esta mañana nos comentaba que tras la charla con los alumnos se encontraría con él para retocar algunos momentos de la obra). Tras lo visto esta noche está claro que ese texto, lleno de poesía irónica, solo es la mitad de la obra porque el calado de sus palabras se completa con la gestualidad impresionante de un César Sarachu que consigue que, a la vez que nos reímos, percibamos con nitidez intensamente azul la manera en que su personaje entiende el mundo como voluntad y representación. Si desde ayer estoy seguro de que El mago será traducido a muchas lenguas e interpretado con mucho éxito en muchos países (me encantaría verlo en Buenos Aires), hoy pienso lo mismo de este texto (muy hermosamente editado, por cierto, por La uña rota con ilustraciones de Daniel Montero Galán). Sin embargo, quien lo protagonice tendrá muy difícil superar lo que logra César Sarachu con él. Intensamente azules es una especie de ensayo sobre la lucidez, un contrapunto irónico a esa seriedad pesimista que renuncia a buscar colores en lo nouménico. La referencia a Schopenhauer no solo sirve de decorado filosófico hilarante con paleta monocromática (aunque en la obra no se dice, aquel filósofo también escribió un tratado titulado Sobre la visión y los colores), sino que quizá también sea un marco conceptual para una epistemología teatral en la que, con los juguetones mimbres de la autoficción, Mayorga parece reivindicar lo trascendental que podría ser para cualquier sujeto atreverse a mirar el mundo con unas gafas del color que da nombre a nuestro planeta y que, sin embargo, apenas existe en la naturaleza viva no  humana. Por cierto, ayer me regalaron un reloj intensamente azul.

viernes, 26 de abril de 2019

El mago

Texto y dirección: Juan Mayorga. 
Coproducción: Centro Dramático Nacional, Avance Producciones Teatrales, Entrecajas Producciones Teatrales, García-Pérez Producciones.
con María Galiana, José Luis García Pérez, Ivana Heredia, Julia Piera, Tomás Pozzi y Clara Sanchís.

26 de abril de 2019. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 90’ aprox.

Nadia vuelve perpleja a casa. Allí la esperan para cenar su marido y su hija. Luego llegará su madre y más tarde otros dos invitados. Ella viene de un teatro donde dice que ha sido hipnotizada por un mago. Al parecer la verdadera Nadia seguiría en aquel escenario y la que vemos sería solo un trasunto de ella que ha llegado volando hasta aquí y sigue las instrucciones del mago hipnotizador.

Se levanta el telón y vemos una sala blanca con tres puertas. Por la de la izquierda se viene o se va a ese otro teatro. La de la derecha da a otras habitaciones de la casa de estos personajes. Al fondo hay otra puerta de cristal que da a un balcón desde el que Nadia nos mirará como los peces en los acuarios. En la pared cuelga un espejo frente a nosotros. Así que contemplamos un escenario doméstico contemporáneo que me hace pensar en ese otro espacio especular del que Dalí dijo que si ardiera el Prado, salvaría su aire. Si el teatro (y el arte) tiene algo de grieta que oculta un espejo, Juan Mayorga ha decidido poner ante nosotros un espejo y desvelarnos la grieta que se oculta tras él. El mago es muchas más cosas de las que caben en una reseña. Pero entre todas ellas destaco la manera en que Mayorga consigue conectar la pintura más reflexiva con el teatro más especular. Poniendo a dialogar a Velázquez con Unamuno y con Pirandello (con la ayuda de Jardiel) ha conseguido hipnotizarnos con un dispositivo que parece propio de la comedia más convencional y que consigue que el público se ría con la misma naturalidad con que aplaudiría a un mago que le hiciera ver lo imposible. Pero en ese pacto aparentemente banal en el que no se discute la naturaleza de la cuarta pared, Mayorga va abriendo grietas y descolgando espejos para conseguir que, entre risa y risa, piensen y duden (valga la redundancia) hasta los que creen que a los teatros solo se va a soñar o a reir sobre seguro. Aún con mayor intensidad que en Famélica, Mayorga logra ese prodigio mágico de dar, al mismo tiempo, bastante que reir y mucho que pensar. Así que El mago es apto para todos los públicos pero ningún espectador saldrá indemne de esta obra. Unos quedarán fascinados por ese juego especular que, como en Las Meninas, nos incorpora a la obra que vemos. Otros acompañarán a Mayorga en esos laberintos sobre el desdoblamiento de los relatos, los personajes y los espacios tan presentes en su teatro (El chico de la última fila, El cartógrafo, Himmelweg, Reikiavik...) Otros preferirán ver en este mago los subtextos que remiten a nuestras alienaciones (las del deseo, las del género, las de la vida actual...) Y también saldrán perturbados quienes creen que el teatro es siempre sólido y no suelen encontrar las grietas y los espejos que nos ofrece. Mayorga no solo los hace ver y entender de manera casi inevitable para cualquiera sino que, prolongando la ilusión más allá de la función, nos desvela ese dispositivo mágico que es un escenario descubriéndonos sus resortes mientras estamos aplaudiendo a unos actores inmejorables (todos han estado soberbios en este exigente registro a lo Pirandiel) que reciben emocionados nuestro agradecimiento sincero desde la corbata del teatro dejando tras de ellos esa caja de muñecas que habitaron (o no) sus personajes y que ahora vemos en el aire como si un mago juguetón la estuviera haciendo levitar. A las pocas horas de asistir a esta obra mágica de dimensiones múltiples y complejidad perfecta, vuelvo al Palacio Valdés en la mañana del sábado con alumnos de bachillerato y profesores de varios centros para escuchar otra lección generosa y magistral a cargo de este demiurgo mágico que es Juan Mayorga (el jueves ya lo habíamos escuchado en la gratísima conversación que mantuvo con Rosana Llanos en el ciclo Palabra del Centro Niemeyer). Mientras nos hipnotiza con sus palabras delante del telón de nuestro teatro me fijo en que desde hace casi un siglo hay un gran espejo pintado en el cuatro elíptico de Marta y María que parece estar colgado en ese gran telón rojo pintado que es el propio telón de nuestro teatro. Mientras escucho a Mayorga y pienso en las conexiones que su teatro sugiere entre Las Meninas y nuestro Palacio Valdés me doy cuenta de que quizá trás ese  telón esté el espacio escénico que más personajes de Mayorga ha acogido de todo el mundo. Aunque últimamente a algunos de ellos les gusta darse una vuelta por otros escenarios de Avilés. Por ejemplo, ese trasunto del propio Juan que esta tarde se pondrá unas gafas intensamente azules en el escenario íntimo y subterraneo que nos regaló otro mago: el arquitecto de las curvas blancas.

viernes, 5 de abril de 2019

Réquiem

Interpretación, dramaturgia y dirección: Ester Bellver. 
Producción: Rotura Producciones.

5 de abril de 2019. Centro Cultural Valey, Piedras Blancas. 85’.


Ester va intercalando evocaciones de su infancia, de las semanas en el hospital y de los meses que vinieron después de la muerte de su padre. Es un réquiem sincero, dulce y reparador que resulta fácil compartir.

Temía lo que pudiera sentir viendo esta obra. Antes de vivir el trance del que Ester Bellver nos habla, Inconsolable (el imprescindible monólogo teatral de Javier Gomá) y Ordesa (el tremendo soliloquio de Manuel Vilas) me habían anticipado estos sentimientos. Este último libro lo leí el verano pasado, en aquel mes en que la fortuna me deparó una pierna rota que me mantuvo parado y me permitió pasar muchos momentos alegres con mi madre meses antes de que viniera ese otro tiempo de intensidad infinita que compartimos durante tres semanas en el hospital. Así que venía preparado para ver esta obra. Y Ester Bellver no me ha defraudado. Al contrario, la masculinidad de los excelentes textos anteriores tiene un magnífico contrapunto en este Réquiem femenino tan bien escrito y tan bien interpretado. Aunque las tres propuestas me conmueven, me identifico más con la de Javier Gomá y con esta. Como Inconsolable, Réquiem no es triste ni pretende aleccionar. Solo compartir sentimientos y reflexiones que no resulta fácil verbalizar. El círculo de perchas vacías en el que Ester entra y sale durante hora y media es una metáfora perfecta de ese eslabón entre dos vidas del que realmente solo tomamos conciencia cuando se produce la separación. Y el galán de noche (que ella convierte en otros muchos objetos evocados desde un minimalismo escénico eficaz y perturbador) hace que la ausencia se haga cálidamente presente convirtiendo la pena en ironía y en ternura. Precisamente La ternura podría haber sido también un título perfecto para este monólogo sincero y consolador. Porque es ternura lo que ella derrocha desde un escenario en el que esta noche se ha abierto de forma muy emotiva la cuarta pared.