miércoles, 23 de septiembre de 2020

Porno

Autoría y dirección: Maxi Rodríguez. 

Producción: La Roca Producciones.
con Anacelia Álvarez, Cristina Lorenzo, Roca Suárez y Sandro Cordero.

23 de septiembre de 2020. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 80’ aprox. Ciclo "Hecho en Asturias". Estreno absoluto.

Antes de la cena de Nochevieja José Ángel le dice a su cuñado que lo sabe, que viendo porno en internet se lo ha encontrado protagonizando algún video. Mientras tanto, su mujer se entera de que la hermana de José Ángel también está en ese negocio. La cosa se va liando entre los cuatro y cuando les dan las uvas el despiporre es completo.

Tres escenas de hilaridad creciente en torno al porno. En la primera, Jose Ángel y su cuñado parecen la versión en 3D de alguno de los divertidos textos que Maxi publica en la Nueva España. En la segunda, los diálogos entre sus mujeres siguen aumentando la risa del público pero también van planteando ideas que, sin ser de gran calado, hacen que la comedia no resulte banal. Pero la tercera escena es ya la traca. Y nunca mejor dicho, porque Maxi y los cuatro estupendos intérpretes de esta locura escénica parecen haberse pasado al barroquismo valenciano acelerando los diálogos, los gestos y los movimientos con una habilidad impresionante. Anacelia Álvarez, Cristina Lorenzo, Roca Suárez y Sandro Cordero están conjuntadísimos y parece que el aplazamiento de este estreno, que estaba previsto para mayo, aún les ha hecho enfrentar esta experiencia con más fuerza y más ganas. Porno demuestra, una vez más, que la escritura de Maxi es un torrente continuo de ideas tronchantes que solo tiene el peligro de provocar daños por risa entre el público. Gracias Maxi, por hacernos disfrutar con este tipo de porno y por hacer que nos olvidemos un rato de que existe el coronavirus.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Cinco horas con Mario

de Miguel Delibes. Dirección: Josefina Molina.
una producción de Pentación.
con Lola Herrera.

18 de septiembre de 2020. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 90’ aprox.

En la noche del 24 al 25 de marzo de 1966 Carmen se queda a solas con Mario. Con él de cuerpo presente ella va repasando su vida. La de los dos. Y, sin quererlo, a través de sus frases hechas va haciendo un retrato certero de aquella España deshecha.

En el prólogo de la edición de 2008 de la novela, Delibes revisaba su opinión sobre sus personajes y le hacía algunos reproches a Mario. Según él, quizá había salido demasiado bien parado de aquel duelo existencial con forma de soliloquio enviudado. Pero su novela es tan magnífica que no solo consigue hacer un retrato impecable de dos personajes representativos de un lugar y un tiempo (el de una familia urbana española en la tercera década de la dictadura), sino que con las letanías de esa mujer a la que da gusto escuchar (la novela, más que leerse, casi se oye) consigue que sea el tiempo y la perpectiva del público lo que se ve reflejado según van pasando los años. Cuando vi la obra en 2004 (seguida por aquel Mario, por alusiones que se programó con ese tino que desde hace más de un cuarto de siglo es marca de la casa en nuestro Palacio Valdés) creo que yo también estaba de parte del finado. Pero ahora, más que juicios maniqueos, lo que me provocan las palabras de Carmen es ternura. Por Mario y por sus afanes, pero sobre todo por ella y su lenguaje. Que haya reparado más ahora que entonces en las palabras de Carmen creo que se lo debo en parte a esa insoportable anglofilia vírica que padece nuestra lengua, cada vez más asediada por el uso contagioso de esas cajas negras semánticas que son muchas de las palabras y acrónimos que nos llegan del inglés. Más que en su ideología, el soliloquio de Carmen me encanta y me emociona por el caudal de belleza que contiene su lenguaje sencillo y lleno de retales resabidos y resonantes. Pero mientras escribo esto no tengo muy claro si estoy hablando de la novela o de la obra que acabo de ver. Y es que Lola Herrera y Josefina Molina (y antes Miguel Delibes y José Sámano) han conseguido una vecindad perfecta y sin fisuras entre ambas. La misma que el año pasado también me hizo emocionarme hasta la lágrima con Señora de rojo sobre fondo gris que nos trajo el gran José Sacristán (menudo trío de octogenarios en plenitud tenemos en España con Lola Herrera, con Nuria Espert y con él). Lola Herrera ha estado tan perfecta y conmovedora en sus palabras y en sus gestos que estoy seguro de que, tras bajarse el telón, ese Mario silente que no vemos habrá mirado a Menchu, y haciéndole caso a Miguel, le habrá pedido perdón. Al terminar esta obra, por tantos motivos memorable, el aplauso ha sido largo, intenso y sentido. De hecho, todo el público se ha puesto en pie (y eso no es aquí nada frecuente) para rendir homenaje a una actriz inconmensurable. Y es que en esta noche septembrina la cuarta pared parecía tener simetría especular porque, tras recibir nuestros aplausos, Lola se acercó hasta la corbata del escenario para decirnos, tan emocionada como nosotros, que esta función también era para ella muy especial por ser la primera después de seis meses sin poder pisar un teatro. Así que tenemos muy claro que necesitamos teatro, mucho más teatro, para vivir. Por eso hay que ser muy responsables y cuidarnos mucho. Porque es precisamente por el teatro (y por el cine, y por la música, y por los libros, y por disfrutar con los seres queridos de las oropéndolas en verano y de la lluvia amarilla en otoño) por lo que merece la pena vivir. Así que muchas gracias Lola. Por hacernos sentir felizmente vivos otra vez.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Rita

de Marta Buchaca. Dirección: Lautaro Perotti.
una producción de Lazona.
con Carlos Hipólito y Mapi Sagaseta.

11 de septiembre de 2020. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 75’ aprox. Estreno absoluto.

Rita es la perra que le regalaron a la hija de Toni cuando cumplió cuatro años. A Julia no le ha gustado nunca que su hermano le pusiera ese nombre porque es el de su madre. La anciana hace tiempo que tiene Alzheimer y está en una residencia donde ya ni siquiera los reconoce cuando van a verla. Toni parece asumir bien la situación de su madre, pero le cuesta aceptar que lo mejor para su vieja perra sería no prolongarle el dolor. Los dos hermanos son distintos, pero se quieren y se necesitan. Especialmente ahora que tienen que enfrentarse juntos al final de la madre.

En este 2020 nuestro Palacio Valdés se ha hecho centenario. Y en coherencia con su accidentada historia le ha tocado celebrarlo con un cierre mucho más que dramático. Así que desde aquel 7 de marzo del magnífico estreno de Traición, una obra que ni siguiera llegó a verse en Madrid hasta hace unos días, es hoy cuando podemos volver a pisar el parquet claro de su patio de butacas y los actores las tablas de ese escenario al que tanto hemos echado de menos en estos meses. Creo que ellos y nosotros hemos compartido en esta noche de estreno la emoción de un reencuentro que tanto estábamos necesitando. Y como en todos los teatros en que se ha hecho un gran esfuerzo para que nadie pudiera tener que elegir entre la seguridad y la cultura (quizá con la excepción de Mérida), la programación  de dos funciones para cada obra y la drástica reducción del aforo, con la retirada física de buena parte de las butacas, hacen que, además de la obra, debamos aplaudir la responsabilidad y diligencia de quienes cuidan y miman a este teatro y tan bien han tratado siempre a su público. Así que Lautaro Perotti, Carlos Hipólito y Mapi Sagaseta seguramente habrán estado encantados con este regreso a Avilés, una ciudad que ya saben desde hace tiempo que también es la suya. Rita es una obra entrañable y fraternal, una historia amable que pivota sobre esa complicidad naturalísima que solo puede darse entre un matrimonio bien avenido o entre unos buenos hermanos. Una complicidad que no excluye los desencuentros ni las discrepancias, especialmente cuando de lo que se trata es de cuestiones de vida o muerte. Marta Buchaca ha querido acercarse a estos temas  sin ningún dramatismo y  con un puntito de ironía amable que no llega a resbalar hacia la comedia impertinente. La dirección es de Lautaro Perotti, uno de los artífices del milagro timbrero y que siempre me ha encantado como actor en las obras que de él he visto aquí y en Buenos Aires. Su puesta en escena es sencilla, con apenas unos elementos polivalentes que empiezan teniendo aspecto de cielos y terminan como suaves nubes grises que no amenazan tormenta. Así que, ya digo, es un gustazo volver a casa. A nuestro Palacio Valdés. A nuestro querido teatro.

Programa de mano