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domingo, 28 de julio de 2024

Coriolano

de William Shakespeare. Dirección: Antonio Simón.
una coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Vania Produccions.
con Roberto Enríquez, Carmen Conesa, Manuel Morón, Álex Barahona, José Luis Torrijo, Juan Díaz,
María Ordóñez, Beatriz Melgares y Javier Lara
.

28 de julio de 2024. Teatro Romano. 70º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. 115’ aprox.

Son los primeros tiempos de la República. Entre los pobres hay una rebelión en marcha. Cayo Marcio los desprecia y se lo dice con dureza. La victoria contra los volscos en Corioles le hace merecer el sobrenombre de Coriolano. Sus amigos quieren nombrarle cónsul pero para conseguirlo tendrá que contar con el voto de los pobres. Y pedírselo humildemente. Sin embargo, el orgullo convierte su ruego en diatriba y acaba desterrado. Lleno de odio se une a Aufidio, el general de los volscos, y lucha contra Roma. Durante el asedio sus amigos le suplican el perdón. Solo el discurso de su madre conseguirá convencerle.

El resumen es el que escribí hace diez años para la versión de Fermín Cabal que Eugenio Amaya dirigió en este mismo teatro. Aquella era también muy buena y contaba con decenas de intérpretes. Ahora, con solo nueve y el apoyo del público, Antonio Simón consigue presentar muy bien la historia de Shakespeare. El escenario está presidido por una pasarela con forma de rombo bajo la estatua de Ceres por la que corren con  habilidad y riesgo los intérpretes de este relato que uno no sabe si adjetivar como medio fascista o como populista. Lo cierto es que todo el elenco ha estado magnífico, aunque debo manifestar mi debilidad por el trabajo de Manuel Morón y de Carmen Conesa. Así que el director de obras tan estupendas como Yo, Feuerbach, Filoctetes o Esperando a Godot se ha vuelto a lucir en Mérida. Lástima que sea volviendo a esta obra shakespeariana que tiene mucho de alegato belicista y bastante menos interés que muchas historias de nuestros clásicos del Barroco que también escribieron historias inspiradas en el mundo grecolatino.

Programa de mano

viernes, 8 de noviembre de 2019

Esperando a Godot

de Samuel Beckett. Dirección: Antonio Simón. 
una producción de Pentación Espectáculos.
con Pepe Viyuela, Alberto Jiménez, Juan Díaz, Fernando Albizu y Jesús Lavi.

8 de noviembre de 2019. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 120’ aprox. Estreno absoluto.

Otra jornada de tedio para Vladimir y Estragón. Ellos no recuerdan desde cuándo están juntos. Mañana tampoco tendrán muy claro quienes eran Pozzo y su sirviente Lucky. Lo único que no olvidan es que están esperando a Godot.

En un interesante artículo publicado en El País hace treinta años con motivo de la muerte de Beckett, Laín Entralgo comparó a estas dos parejas arquetípicas con otras de tanta raigambre filosófica como la del amo y el esclavo de la dialéctica hegeliana y la del Quijote y Sancho de la cervantina. Godot sería ese Dios que da esperanza y sentido a la existencia humana o que se lo quita cuando no se le espera. Se comparta o no sus tesis, el artículo tiene gran interés cuanto menos por su lúcida reflexión final sobre la relevancia de la vocación y la tenacidad humanas. El Godot de Antonio Simón podría ser interpretado también de ese modo, pero la magnífica pareja que hacen Vladimir y Estragón  en la forma en que los han encarnado Pepe Viyuela y Alberto Jiménez (su complicidad y buen hacer en este estreno serán inolvidables) creo que expresa, por encima de todo, la centralidad de la ternura como antídoto de la soledad y la desesperanza. El contrapunto del vínculo que une a esta emotiva pareja sería la relación asimétrica entre Pozzo y Lucky que en la segunda jornada quedará solo en espectro de lo que la víspera fue dominación y sumisión destiladas. Con cinco actores perfectos, Antonio Simón ha sabido equilibrar la poesía, el humor y el calado reflexivo de una obra que consigue interesar tanto a quien disfruta con los detalles de unos diálogos absurdos pero hipnóticos como a quien busca claves trascendentes en las referencias bíblicas, en la alusión a las fosas o en esas botas (cuánto se parecen a aquellas de Van Gogh sobre las que escribió Heidegger) y en esas vías que parecen evocar un espacio tan truncado y sin sentido como el tiempo cíclico y amnésico en el que permanecen varados unos seres que ya están hartos de no perder la esperanza. Pocos años separan al Godot de Beckett del Rinoceronte de Ionesco y del Calígula de Camus. Tampoco están distantes en mi memoria las magníficas obras que con los tres textos han hecho Ernesto Caballero en el Centro Dramático Nacional, Mario Gas en Mérida y Antonio Simón aquí. Tres textos y tres montajes extraordinarios en los que queda claro que el teatro es, desde hace mucho tiempo y entre otras muchas cosas, una herramienta filósofica particularmente poderosa y sutil.

domingo, 29 de julio de 2018

Filoctetes

de Sófocles. Versión: Jordi Casanovas. Dirección: Antonio Simón.
una coproducción de Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Bitó.
con Pedro Casablanc, Pepe Viyuela, Félix Gómez, Samuel Viyuela, Arantxa Aranguren, Sandra Arpa, Marina Esteve, María Herrero, Sara Illán, Nahia Laiz y Mónica Portillo.

29 de julio de 2018. Teatro Romano. 64º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. 95’ aprox.

Ulises encarga a Neoptólemo que engañe a Filoctetes para conseguir su arco y vencer en Troya. Él no puede hacerlo porque hace diez años lo abandonó a su suerte en la isla de Lemnos con una grave herida en una pierna. Filoctetes confiará en Neoptólemo y a este se le hará muy difícil cumplir el encargo de Ulises. Finalmente Hércules hablará desde el más allá y convencerá a Filoctetes de que, a pesar de todo, les ayude a conquistar Troya. 

Pedro Casablanc en el papel de Filoctetes ya era suficiente motivo para venir a ver esta obra de Sófocles que nunca se había representado en España. Filoctetes tiene mucho diálogo reflexivo y pocas acciones. Es la historia de un robinsón herido y noble que pondrá a prueba la ética de un joven que no quisiera ser desleal con nadie.  En este sentido, el duelo principal se establece entre Pedro Casablanc y Félix Gómez y ambos salen muy bien parados. El primero transmite el dolor inmenso por esa pierna que nunca ha sido curada (cómo le entiendo en estos días que no soy bípedo) y por aquel abandono tan injusto. El segundo hace muy comprensibles las cuitas morales de su personaje y acierta a transmitir la estupenda ambigüedad del texto de Sófocles cuando, hablando mal de Odiseo (en esta versión se usan los nombres latinos para él y para Heracles), Neoptólemo miente y es sincero a la vez. También está muy bien Pepe Viyuela encarnando a un Ulises de traje y corbata con maneras de político o empresario canalla e imponente. Él y los soldados son las únicas derivas actualizadoras que nos propone Antonio Simón y hay que decir que le vienen tan bien a este Ulises como a aquellos personajes del magnífico MBIG de José Martret que, sin embargo, era tan respetuoso con lo esencial del texto de Shakespeare. La fidelidad al texto de Sófocles tambien domina en esta oportuna versión de Jordi Casanova que, aunque publicitada como llena de lecciones sobre nuestro presente (y eso me ponía en guardia), por suerte deja que seamos nosotros quienes las encontremos en la propia historia de Sófoclés. También se había hablado de una mirada pacifista y feminista en el papel del coro (otra vez en guardia, y no porque desprecie las intenciones sino porque me repelen los subrayados políticamente correctos), pero en sus voces predominan las pertinentes apostillas de la propia conciencia de Neoptólemo (y eso también está en el texto de Sófocles) y unas coreografías magníficas que hacen de contrapunto femenino perfecto a esos diálogos largos entre muy pocos hombres. Por lo demás, la escenografía es muy eficaz con ese barco varado y por momentos transparente que sirve de cueva y delimitación de angosturas, con esas ruedas que marcan ese no-lugar insular y con esas imágenes proyectadas en el siempre imponente escenario de Mérida. Quizá me ha sorprendido algo menos ese Deux ex machina final con la imagen y la voz de Miguel Rellán haciendo de Hércules, pero en general el trabajo de todos los actores y la propuesta de Antonio Simón son un buen ejemplo de que en un festival como este, además de reinterpretaciones de los clásicos grecolatinos más conocidos, también cabe esperar  la representación con calidad de otros textos menos frecuentes en nuestros escenarios. Así que ha sido otra estupenda noche de buen teatro en Mérida.

viernes, 10 de febrero de 2017

Yo, Feuerbach

de Tankred Dorst. Dirección: Antonio Simón.
Una coproducción del Grec 2016, Festival de Barcelona y Velvet Events S.L..
con Pedro Casablanc  y Samuel Viyuela.

10 de febrero de 2017. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 90’ aprox.


Una actor veterano entra en un escenario para una prueba. Allí no está el director que lo ha citado sino su joven ayudante. Durante la espera Feuerbach habla de su pasado en el teatro, de su relación con los directores, de sus dotes interpretativas. Se lo cuenta a ese joven que no lo conoce y al que él parece despreciar. En su soliquio se le escapan sin querer los motivos por los que ha estado fuera de escena en los últimos siete años.

Nada más salir, Feuerbach pide luz y pregunta si alguien lo ve. Sí. Lo vemos. Y será imposible dejar de mirarlo porque quien interpreta durante hora y media este oportunísimo papel es nada menos que el gran Pedro Casablanc. El texto de Tankred Dorst es prácticamente un monólogo sobre un actor que sin querer muestra y demuestra lo que para él es el teatro. Un soliloquio con un único espectador muy bien interpretado por Samuel Viyuela que ha sido capaz de resolver brillantemente el difícil reto de dar la réplica a Casablanc y estar a su altura. Por la idea y por la impecable puesta en escena, este Yo, Feuerbach me ha recordado desde el principio a la magnífica La Venus de las pieles. Pero no la de David Ives que David Serrano trajo aquí hace tres años, sino a la espléndida adaptación que Polanski hizo de la novela de Leopold von Sacher-Masoch en su magnífica película, la más teatral que recuerdo. En Yo, Feuerbach también hay una obra futura en la que falta un intérprete y un diálogo asimétrico con un director en un escenario. Pero aquí no es la tensión sexual, sino la generacional, la que centra este drama perturbador sobre un actor perturbado. Con un planteamiento poderoso y momentos muy destacados (la escena de los pájaros es extraordinaria) el texto de Tankred Dorst es sugerente y atractivo. Pero es Pedro Casablanc quien lo convierte en una obra única y memorable. Con esa voz capaz de llenar y enmudecer cualquier teatro (qué pertinente resulta con él ese pasaje en el que Feuerbach habla del silencio del público), con esa dicción perfecta que sabe acelerar, desgarrar o convertir en irónica a su antojo y con esa presencia rotunda de animal escénico incomparable, Pedro Casablanc demuestra que le sobran recursos para bordar y llevar adonde quiera lo que propone este exigente texto. De hecho, con él todo resulta fácil. Y hasta parece que este Yo, Feuerbach se le queda pequeño si uno recuerda lo que llegó a hacer en el inolvidable José K. torturado de Javier Ortiz que vimos hace cinco años en aquellos primeros off avilesinos que tuvieron su sede en Los Canapés. O en ese esfuerzo titánico (que con él no lo parecía) en Hacia la alegría de Oliver Py que disfrutamos en La Abadía hace un par de años. O con esa mutación increíble por la que, solo una semana después, se convirtió en Barcenas en el off del Niemeyer. Monólogos (o casi) que, como el de hoy, demuestran que Pedro Casablanc está en lo más alto del olimpo de la escena actual. Así que ha sido otra noche memorable en la que ha quedado claro que, tras ser interpretada por él, Yo, Feuerbach nunca podrá ser mejor.