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viernes, 26 de julio de 2019

La hija del aire

de Calderón de la Barca. Versión de Benjamín Prado. Dirección: Mario Gas.
producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico.
con José Luis Alcobendas, Jonás Alonso, Marta Betriu, Lander Iglesias, Ariana Martínez, Aleix Peña Miralles, Silvana Navas, Ricardo Moya, Agus Ruiz, Germán Torres, Pietro Olivera, Marta Poveda, José Luis Torrijo, David Vert.

26 de julio de 2019. Teatro Adolfo Marsillach. Hospital de San Juan, 42 Festival de Almagro. 150’ aprox. (con descanso)

Semíramis vive recluida en una cueva al cuidado de Tiresias. Una terrible profecía sobre lo que llegará a hacer con un buen rey y con su reino justifica un encierro de por vida al que ella no se resigna. Menón la libera y ahí comienza una tragedia de proporciones épicas.

Un impresionante decorado que en lo alto es cueva y tiene forma de relieve babilonico sobre el que se proyectan distintas texturas preside esta producción que tiene la magnífica factura a que nos tiene acostumbrados Mario Gas. Los vestuarios son bélicos, el tono es épico y la adaptación del verso que ha hecho Benjamín Prado apuesta por la claridad, la musicalidad y la tragedia política quizá más que por lo existencial. De modo que los ecos de Segismundo y de Edipo de la primera parte quedan atenuados por la fuerza de una segunda que se presenta más en clave de una superproducción épica que de la sutil poética en femenino heroico y singular que podría evocar la hermosa imagen del cartel. En este sentido, algunos recortes del texto de Calderón podrían ser discutibles (por ejemplo, esa diáfana y hermosa reclamación de la prisionera de morir por el rayo y no por el trueno) y quizá están más escorados a lograr la claridad descriptiva del relato que a garantizar que no se pierden los elementos más filosóficos y poéticos del original. En todo caso, la potencia del espectáculo no defrauda en una noche fresca y magnífica en este teatro al aire libre que lleva el nombre del gran Adolfo Marsillach.

viernes, 14 de julio de 2017

Calígula

de Albert Camus. Dramaturgia y dirección: Mario Gas.
una coproducción de Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, Teatre Romea i Grec 2017 Festival de Barcelona.
con Pablo Derqui, Borja Espinosa, Mónica López, Bernat Quintana, Xavier Ripoll, Pep Ferrer, Pep Molina, Anabel Moreno y Ricardo Moya.

14 de julio de 2017. Teatro Romano. 63º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. 110’ aprox.

Calígula ha desaparecido. Hace tres días que Drusila, su hermana y amante, ha muerto y todos creen que esa es la razón por la que el joven emperador se ha ido. Pero cuando Calígula regresa lo niega y hace jurar a Cesonia que le ayudará en todas sus acciones. Esas que, tres años después, ejecutará de forma despiada y pretendidamente lógica.

Aunque quiera tener la Luna y hacer real lo imposible, el Calígula de Albert Camus no es un lunático. Su personaje no es un enajenado. Al contrario, está ensimismado por el poder. "Nada" es la palabra que todos pronuncian al comienzo de la obra. Y "todavía estoy vivo" lo que él grita al final. Así que el aliento existencialista de este impresionante texto es también un intento por llevar hasta el límite el cogito cartesiano y hacerlo en la forma más radical posible. La que solo podría intentar alguien que tuviera un poder absoluto. Un emperador que pretendiera explorar hasta dónde puede llevar el ejercicio de una política carente de cualquier prurito moral, ni siquiera el de preservar el poder. La lógica del Calígula de Camus consiste en realizar la de los demás. Llevar hasta el extremo sus argumentos sin reparar en las consecuencias. Usar el poder para hacer que exista, si no lo imposible, sí lo impensable. Y conseguirlo negando los diferencias entre lo deseable y lo indeseable. La forma de ejercer el poder del Calígula de Camus es, en suma, la de una acción lógica sin impedimentos axiológicos, la de un nihilismo radicalmente coherente. Cuando fue escrito este texto no era solo un ejercicio teatral o filosófico sobre un lejano emperador desquiciado. Era también una reflexión intemporal inspirada en la forma en que se estaba ejerciendo el poder en la Europa de 1944. Así que la obra de esta noche en Mérida cuenta con un texto más que notable. Y Mario Gas lo ha respetado tanto que no ha querido vestir de romanos a sus personajes ni mimetizarlos en el espacio de este teatro bimilenario. Los ha caracterizado como para una ópera de las de ahora, con trajes neutros y maneras atemporales para que sean las palabras y la acciones las que tengan todo el protagonismo. Entre el escenario y la orchestra ha dispuesto una inmensa superficie inclinada (me ha recordado a la que vimos hace solo dos semanas en Inconsolable, el magnífico monólogo de Javier Gomá), un espacio minimalista para sacar el mayor partido a lo mucho que ofrece el texto. Todos los actores están afinadísimos, pero destaca especialmente Pablo Derqui que aporta a este Calígula el punto justo entre el joven desquiciado y el hombre perturbado por las obsesiones existenciales que nos propone Camus. La dirección es impecable, tanto en los pasajes más dialogados del texto como en momentos tan complejos y dionisiacos como los del comienzo del tercer acto en que el emperador se traviste de una Venus que es casi LGTB aquí. Así que este Calígula ha sido una experiencia memorable en Mérida. Aunque imagino que con esta escenografía también funcionará muy bien en teatros cerrados. Eso sí, con un texto tan magnífico como el de Albert Camus, creo que aún es más evidente eso que siempre defiendo: que el buen teatro se disfruta mucho más si uno lo ha leído antes.

viernes, 16 de enero de 2015

Invernadero

de Harold Pinter. Traducción: Eduardo Mendoza. Dirección: Mario Gas.
Producción: Teatro del Invernadero, Teatro de La Abadía.
con Gonzalo de Castro, Tristán Ulloa, Jorge Usón, Isabelle Stoffel, Carlos Martos, Javivi Gil Valle y Ricardo Moya.
 
16 de enero de 2015. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 90’ aprox
. Estreno absoluto.


En la primera escena un funcionario responde a las preguntas de su jefe. Hablan de personas internadas en su institución. Podría ser un sanatorio. O un hospital psiquiátrico. O un campo de concentración. Se refieren a ellos con números. 6457 ha muerto. 6459 ha tenido un niño. Luego aparecen otros funcionarios que hablan de lo que ha pasado. Es Navidad. Hace calor. Y fuera la nieve se está derritiendo.

Mario Gas vuelve a Avilés para estrenar este impecable montaje en un escenario con cilindro giratorio y escalera de caracol que nos sitúa en un espacio tan ambiguo y opresivo como la situación que nos plantea Harold Pinter. Eduardo Mendoza adapta el texto en una versión que resulta perfecta en las excelentes interpretaciones que hemos visto en este estreno. Es magnífica la contención de Tristán Ulloa como funcionario temiblemente impoluto y flemático. También la matizada interpretación de Gonzalo de Castro en el papel de ese jefe/coronel en decadencia. Como en El Montaplatos (la vimos hace dos años en Los Canapés en la versión de Animalario que dirigió Andrés Lima), lo que nos propone Pinter es inquietante y no resulta difícil encontrar vínculos entre su mirada y la de Ionesco. Los dos nos hablan del poder enloquecido. Pinter nos lo muestra en este Invernadero que podría representar a cualquiera de esas instituciones burocráticas habitadas por funcionarios diligentes y muy capacitados para el ejercicio banal del mal. Algunos espectadores han creído estar viendo una comedia. Para sus risas habrán encontrado justificación en algunos momentos dislocados. Pero lo que Pinter plantea es muy serio. Sé muy bien de qué nos está hablando.