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viernes, 9 de octubre de 2026

A puerta cerrada

Autoría: Jean-Paul Sartre. Dirección: Ainhoa Amestoy.
Una producción de Estival Producciones y Teatros del Canal.
con Isabel Ordaz, Pere Ponce, Olivia Molina y Jesús Asensi.


9 de octubre de 2026. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 100’ aprox. Estreno absoluto.

El hombre llega antes. Luego entra una mujer. Y finalmente otra más joven. Han llegado a un espacio blanco en el que solo hay una escultura, un cuchillo y tres canapés de colores diferentes. Las puertas se han cerrado y esos seres ausentes pasarán allí el resto del tiempo. Mucho más que toda una vida.  
 
Sartre escribió que el infierno son los otros, no que son los demás. Decir los demás consuela y exculpa a quien se reconoce en el grupo, pero se pretende mejor. Con los otros no se comparte nada y el solipsismo es infernal porque la mirada del otro desvela una culpa que no tiene comparación. En el infierno de Sartre no hay palos ni parrillas y Ainhoa Amestoy acierta plenamente al presentarlo como un profundo espacio blanco, sin posible punto de fuga, bajo treinta barras de luz. Allí ya nunca podrán parpadear estos tres pecios humanos que solo conservan la memoria y la culpa. Donde están no necesitan espejos. Tan solo una mirada ajena para reconocer sus pecados y sufrir por ellos. Pere Ponce, Isabel Ordaz, Olivia Molina (y Jesús Asensi como maestro de ceremonias) están magníficos en este triángulo, siempre en tensión, que por momentos recuerda los duelos, en otros espacios vacíos, entre los personajes de Pascal Rambert. En mayo de 1944 Sartre estrenaba A puerta cerrada, justo en el mismo mes en que Camus publicaba Calígula. Son dos reflexiones radicales sobre la existencia, la culpa y la voluntad. Sartre nos coloca en la posición de quien ya nada puede y alimenta su remordimiento con la inevitable presencia de otros. Camus nos sitúa ante quien todo lo puede y solo necesita a los otros para comprobar que carece de límites su voluntad. Dos obras maestras de unos tiempos terribles en los que la moralidad se debatía entre la impotencia y la imposibilidad. Lamentablemente, ocho décadas después, la cuestión sigue siendo la misma.