de Ramón María del Valle-Inclán. Dirección y adaptación: Ainhoa Amestoy.
una producción de la Comunidad de Madrid para Teatros del Canal.
con Roberto Enríquez, Nacho Fresneda, Lidia Otón, Ester Bellver, Miguel Cubero, Pablo Rivero Madriñán, José Bustos e Iballa Rodríguez.
12 de diciembre de 2025. Centro Niemeyer (auditorio), Avilés. 120’ aprox.
Al teniente Friolera le llega una nota que le advierte de sus cuernos. Con lo bien que estaba y lo poco que le faltaba para jubilarse, le toca poner a salvo su honra como militar español. Así que tendría que matar a su mujer.
El texto es un textazo. Entonces y ahora. Y no solo por meterse en los jardines del adulterio y la honra, del qué dirán y los bulos o del patetismo inherente a lo militar. También por apostar por la centralidad de las acotaciones en la representación, por ajustar cuentas en los subtextos, y sobre todo, por la lúcida acidez de unos metatextos que son lecciones sobre crítica literaria, filosofía de las artes escénicas y, de regalo, sobre el problema de lo español. En el propio texto se señala que es en la representación donde se muestra su verdadera semántica. Y lo sabe y cumple con creces Ainhoa Amestoy en su trabajo de adaptación y dirección de una obra que cuenta con un elenco soberbio. Los intérpretes están magníficos en conjunto y también cada uno (impresiona ver a Roberto Enríquez protagonizando esta obra cuando hace solo dos semanas que lo tuvimos en el Palacio Valdés estrenando
Las amistades peligrosas). Pero la maravilla a la que hemos asistido esta noche no está solo en el texto, en la adaptación y en las interpretaciones. También en una puesta en escena perfecta con un impresionante esqueleto metálico de tres lados, hecho de cuadrantes, en el que se abren y cierran ventanas y puertas, arriba y abajo. Sin nada en medio ni paredes que oculten los tránsitos de unos personajes que continuamente entran y salen, suben y bajan, se consigue evocar los paisajes que necesitan las figuras de esta obra. Y es que ese escenario mínimalista, que tiene aspecto de jaula abierta o de colmena, nos ha hecho ver un patio de corrala, un patio de armas, una plaza de pueblo o, simplemente, un espacio vacío desde el que parecía que también Valle-Inclán nos hablaba. La historia no puede ser más clásica, popular, vanguardista, corrosiva e intencionada. Pero, además de las distintas capas que revelan las acotaciones (tan explícitas como ese esqueleto escénico), en la propuesta de Ainhoa Amestoy se combinan de forma perfecta el bululú con acólito, las marionetas a dos escalas, la (dia)lógica cuartelera, los cantares de ciego, el histrionismo de los cómicos de la legua y la hondura gamberra de un existencialismo hispánico que nos hace sentirnos coetáneos de aquellos otros años veinte. Ante dramaturgos y teatreros así, si no fuera porque don Ramón María se enfadaría, casi apetece expresar cierto orgullo nacional.