viernes, 24 de abril de 2026

Viejos tiempos

Texto: Harold Pinter. Traducción y versión: Pablo Remón. Dirección: Beatriz Argüello.
Una producción Entrecajas Producciones y Teatro de la Abadía.
con Ernesto Alterio, Marta Belenguer y Mélida Molina.


24 de abril de 2026. Teatro Palacio Valdés, Avilés. 90 aprox.

Deeley y Kate forman un matrimonio que vive lejos de todo en una casa de campo. Él viaja por trabajo y ella no suele salir de allí. Están esperando la visita de Anna que vive en Sicilia y a la que hace veinte años que Kate no ve. Las dos fueron muy amigas y compartieron piso en Londres en una época intensa y memorable. Antes de que ella llegue, Deeley le pregunta morosamente a Kate cómo era aquella relación. Cuando Anna aparece habla torrencialmente de aquel tiempo juvenil. Así se va abriendo un triángulo de recuerdos dudosos y silencios llenos de melancolías. Y se ahonda el ensimismamiento existencial de los tres. 

Espectros de cuerpo presente. Así podría definirse el teatro. Y así lo entiende Harold Pinter en una ontología escénica en la que el ser, el tiempo y el silencio dejan siempre espacio al espectador. En Avilés lo sabemos bien porque aquí se han estrenado obras suyas tan destacadas como Invernadero, Traición o Retorno al hogar. En Viejos tiempos la grieta que nos acoge se ensancha y nos obliga a asumir que, más que nunca, estamos ante una obra abierta que nos invita a pronunciarnos sobre si es espectral el cuerpo yacente de Anne o si hay ensoñaciones en los recuerdos del encuentro en aquel garito que pudo cambiar la vida de los tres. Pablo Remón es, con Lucía Carballal, el más pinteriano de nuestros dramaturgos, así que es perfecto para esta adaptación que no traiciona, pero mejora cualquier traducción. Beatriz Argüello acierta plenamente con la medida de la luz, los silencios y la fuerza de las interpretaciones. Mélida Molina consigue que las escuchas de Kate sean tan informativas como los cambios de tono que Ernesto Alterio da a su personaje, siempre dispuesto a saltar entre la flema sonriente y una dolorosa ira que no consigue contener. Y Marta Belenguer cierra con intensidad ese triángulo que a veces parece situarse entre la espesura de lo onírico y la equívoca nitidez de unos recuerdos que no encajan, pero igualmente duelen por la imposibilidad de recuperar aquel tiempo perdido y resolver las dudas sobre cómo fue. Si el teatro es siempre obra abierta y arte vivo, en estos Viejos tiempos aún lo es más. A estos tres personajes espectrales les conmueve la fuerza evocadora de esa música de los cincuenta que los traslada a sus felices años cincuenta. Pero su presente en los primeros setenta es para nosotros un tiempo remoto y no menos evocador. Quizá es eso lo que pretende Pinter.  Ofrecernos los recuerdos disonantes de unos espectros de cuerpo presente para que intentemos ajustar cuentas con los nuestros. Sabe que, como ellos, también podríamos salir malparados.